¿Cómo vivimos el amor?

Hace tiempo que quería investigar sobre el “amor romántico” y en cómo este nos afecta en nuestra vida. Por propia experiencia me doy cuenta de que lo tengo tan interiorizado que, aunque en mis propias relaciones haya intentado alejarme de los convencionalismos y de aquellas pautas que sé muy bien son tóxicas, al final la teoría me queda muy clara pero a la hora de ponerlo en práctica me cuesta, y mucho. Toda una vida bombardeada de una serie de mensajes a través de los medios y de nuestro mismo contexto social quedan muy arraigados dentro de mí/nosotrxs.

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El diario de Noa. Fuente

Dedicaré alguna otra entrada a relaciones como las liberales o el poliamor y cómo estas nos repercuten, pero por ahora vamos a centrarnos en el amor romántico a través de un interesante artículo titulado El amor romántico y la subordinación social de las mujeres: revisiones y propuestas que, sinceramente, me ha parecido muy esclarecedor:

La tesis de este artículo es clara, “a pesar de las transformaciones que están ocurriendo en las unidades familiares y en las relaciones de género, sigue habiendo una relación estrecha entre la organización del amor y el ordenamiento desigual del mundo, que es preciso poner en evidencia” (Esteban y Távora, 2008, p. 61). Ha sido la psicología la disciplina que más se ha ocupado del amor, pero ha sido a través de las teorías psicológicas que las mujeres nos hemos construido socialmente como seres emocionales en nuestra sociedad debido a la socialización diferenciada de hombres y mujeres, relegándonos así a posiciones subordinadas.

Hablaba de la subjetividad en la anterior entrada, pues bien, voy a refrescaros un poco la memoria. En concreto la subjetividad de las mujeres tiene mucho que ver con nuestra forma de vivir el amor: se trata del modo en el que interiorizamos, nos comportamos y reproducimos una serie de valores y actitudes presentes en el discurso social dominante y a través de los cuales nosotras mismas acabamos contribuyendo a perpetuar una situación de desigualdad con respecto a los hombres. Se produce una socialización jerárquica donde se potencian rasgos psicológicos que son diferenciales entre hombres y mujeres (una psicología de la derrota y la debilidad para las mujeres y una de la prepotencia para los hombres). Rescato del artículo otro aspecto que me ha parecido un tanto escalofriante pero muy real: desde bien pequeñitas ya sentimos cierta vulnerabilidad al descubrir nuestro cuerpo y su poder seductor a partir de la mirada de un hombre adulto, mirada que desvela una inquietante verdad: nuestro cuerpo, aun cubierto de ropa, provoca una mirada que lo desnuda…

Mientras nosotras vamos interiorizando esa vulnerabilidad, los hombres pasan a ser los proveedores económicos y nosotras pasamos a ostentar el poder de los afectos. Esta adscripción al poder afectivo nos lleva a establecer una serie de relaciones íntimas a través de las cuales construiremos nuestra identidad. En lugar de que nuestro interés gire en torno a nuestras propias emociones o necesidades, este se dirigirá al descubrimiento de las necesidades de los otros.

Tenemos que ser buenas, tenemos que protegernos, desde bien pequeñas se nos manda esa serie de mensajes, de hecho en mi viaje de mochilera pude comprobar cómo todos mis allegados se echaban las manos a la cabeza cuando les decía que iba a viajar sola (“¿¿Una mujer sola?? ¿Y si te pasa algo?”). Desde pequeñas se nos educa en el miedo, no es extraño que muchas mujeres acabemos sintiendo una especie de necesidad de tener a un hombre fuerte con el que sentir seguridad y confianza en el mundo.

Partimos de la idea de que la mujer es un sujeto de carencia cuya construcción de la identidad se realizará a partir del amor de los otros. La desigualdad existente en la sociedad da lugar a un vínculo subordinado que se caracteriza por la ubicación de la mujer en un lugar de carencia o necesidad, como consecuencia la mujer valorará que serán las relaciones de pareja las que cubran sus necesidades afectivas, priorizando así  la consecución de un objetivo de vida claro: reparar nuestras carencias afectivas a través del amor de un hombre.

Recomiendo mucho la lectura del artículo de Esteban y Távora (2008) ya que, aunque requiere de tiempo para leerlo, es de lo más clarificador y completo, pero por si no os animáis a leerlo os dejo un trocito del mismo en relación a una serie de entrevistas a feministas, tanto adultas como más jóvenes, sobre el amor. En este caso os dejo el caso de las más jóvenes ya que no pude más que sonreír al sentirme identificada:

Las jóvenes, por su parte, han trasmitido vitalidad, ganas de cambiar el mundo, madurez y capacidad crítica, pero han mostrado también dosis importantes de inquietud, miedo e incertidumbre, como si no estuvieran seguras del todo de ser capaces de vivir y amar en unas condiciones igualitarias y justas para todos (p. 70).

Otras entrevistadas feministas veían “contradicciones entre desear al otro y enamorarse, por un lado, y negociar y racionalizar la relación, por otro” (Esteban y Távora, 2008, p. 71) y es que, tal y como se ha definido en alguna ocasión, el amor es algo así como un estado de enajenación mental muy alejado del raciocinio. La cuestión es hasta qué punto es bonito dejarse llevar por ese estado dejando atrás principios y valores que nos han ido conformando una vez nos hemos roto en trocitos y hemos desaprendido todas aquellas imposiciones inconscientes para volver a formarnos otra vez.

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Canción de Extremoduro. Fuente: @Parras15 (Twitter)

Es complicado. Reconozco que para mí es muy complicado. Reconozco que me considero una contradicción andante pero que al final encontré cierta belleza en ese caos, en mi caos. Igual no todo es blanco y negro y tenemos que ser más comprensivas con nosotras mismas, con nuestros sentimientos y nuestros deseos, siempre reflexionando y yendo a la raíz de los mismos, ¿son estos mis deseos o me son impuestos inconscientemente? Me quedo con un trocito de la canción de Extremoduro Dulce introducción al caos“me olvidé de poner en el suelo los pies y me siento mejor”. En un mundo complejo como el nuestro no podemos ser duras con nosotras mismas y tenemos que aceptar que a veces no podemos dejarnos llevar por la razón, si no sentimos no vivimos y vivir sin vivir no tiene sentido… O qué se yo, a veces, repito, es cuestión de encontrarle la belleza al caos.

Pero dejo de divagar y acabo esta entrada con un toque positivo. El artículo señala ciertas vías para el cambio, como pueden ser la educación amorosa en la enseñanza reglada o buscar nuevos modelos alternativos de vida y convivencia donde predomine la solidaridad entre personas, sin necesariamente compartir vínculos biológicos, más allá de la monogamia o la rigidez que se da en los roles masculino y femenino. Nos encontramos así ante un panorama optimista donde los grupos terapéuticos (grupos parecidos, diría yo, a los que se formaron en el comienzo del feminismo radical que trataré en la siguiente entrada) podrían convertirse en la palanca de cambio para las mujeres donde se podrían compartir experiencias, apoyarnos y, ¿por qué no? Amarnos, que el amor no tiene por qué ser solo en la pareja. El cambio se producirá todos de la mano o no se producirá, a través de la empatía y la solidaridad de todos con todos.

Fuente:

Esteban, M. L. y Távora, A. (2008). El amor romántico y la subordinación social de las mujeres: revisiones y propuestas. Anuario de psicología, 60-73. [Recuperado el 14 de noviembre 2017]

Acerca de feminismoeinterseccionalidad

Soy simplemente una guerrera más, tal y como me describieron allá por Argentina durante mis andadas, luchadora por un mundo mejor y que camina hacia una utopía. ¿Mi nombre? Pues, aunque no considere del todo necesario compartirlo ya que soy una persona más y tal y cual y no me gusta personalizar, como os considero compis de viaje lo comparto con vosotr@s, me llamo Verónica Pardo Quiles.
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2 respuestas a ¿Cómo vivimos el amor?

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